La última y nos vamos
Una despedida de Jackass que cierra 25 años de caos y risa. Caídas, amistad y locura: crecer fue también intentar esos retos y reír del peligro juntos.

Hay algo profundamente absurdo en crecer sin dejar de ser ese grupo de idiotas felices que se graban golpeándose contra el mundo. Jackass: La última y nos vamos no llega como una película, sino como una despedida que nadie quiso admitir en voz alta. Johnny Knoxville, Steve-O, Chris Pontius y el resto de la pandilla vuelven una vez más, no para reinventarse, sino para recordarnos exactamente lo que fueron siempre: un experimento humano de amistad, dolor y risa incontrolable.
Durante 25 años hicieron lo mismo con una disciplina casi filosófica: correr hacia el peligro, mirarlo a los ojos y reírse antes del golpe. No había metáfora, pero la había igual. Porque detrás de cada caída, cada explosión absurda, cada “no lo intentes en casa” ignorado con orgullo adolescente, había una idea simple: estar vivos también es equivocarse ruidosamente.
Y es imposible no verse ahí.
Todos tuvimos ese grupo. El que convertía cualquier objeto en un reto. La bicicleta que terminaba en desastre, el salto imposible desde una altura discutible, la confianza ciega de que “esta vez sí sale”. No había coreografía, solo impulso. Y luego la risa. Esa risa que no pide permiso ni contexto, que aparece cuando el cuerpo entiende que sobrevivió otra vez por pura suerte.
Jackass nos enseñó algo que nunca se dijo en serio: el ridículo compartido es una forma de cariño. No importa cuántas veces se rompan, se caigan o se humillen frente a cámara; siempre hay alguien del otro lado listo para levantar al siguiente idiota. Y eso, aunque suene tonto, también es una definición posible de amistad.
Ahora se despiden. O al menos lo intentan. Porque en realidad nadie como ellos sabe retirarse del todo. Pero esta vez el tono es otro: hay una nostalgia rara en medio del caos, como si incluso el dolor de las acrobacias viniera con memoria. Ya no son solo los jóvenes invencibles que desafían la gravedad por deporte; son hombres que han hecho del accidente una biografía.

Y uno creció con ellos sin darse cuenta.
Crecimos midiendo riesgos, entendiendo límites, dejando atrás esa versión nuestra que creía que el cuerpo era indestructible y la risa infinita. Pero algo de eso se queda. Esa pulsión absurda de probar, de reírse del peligro, de sentir que por un segundo el mundo no tiene reglas claras.
Quizá por eso duele un poco verlos cerrar el ciclo. Porque no es solo una película: es el recuerdo de una etapa donde todo parecía más simple, más estúpido, más libre. Donde no importaba el resultado, solo el intento.
Jackass nunca fue solo entretenimiento. Fue una declaración involuntaria de principios: somos torpes, somos exagerados, somos frágiles disfrazados de invencibles. Y aun así, o precisamente por eso, nos lanzamos.

Esta última vez no es solo de ellos. También es nuestra.


