A campo abierto
Alice Antoinette construye su camino entre la intuición, el movimiento constante y una curiosidad que nunca se detiene.
Fotografía: Gerardo Arteaga

Crecí en el borde de los suburbios de Jacksonville, Florida, justo donde la ciudad empieza a desdibujarse y la naturaleza toma su lugar. Era un punto intermedio, una especie de equilibrio silencioso entre dos mundos.
Fui hija única, criada por dos padres que me dieron algo que todavía hoy sostengo: libertad. Recuerdo el aire cálido, los días largos afuera, los vecinos convertidos en cómplices de aventuras. Montaba a caballo, iba a la playa, regresaba a casa con arena en la piel y la sensación de que el tiempo no importaba demasiado.
De niña quería ser veterinaria. Siempre tuve una inclinación natural hacia el cuidado, sobre todo con los animales. Durante un tiempo seguí ese camino y trabajé como técnica veterinaria. Me gustaba, tenía sentido. Pero la vida se abre en direcciones que uno no siempre anticipa. El modelaje apareció y, poco a poco, se volvió más que una posibilidad: se convirtió en mi forma de estar en el mundo.
Hoy vivo en movimiento. Viajar y modelar ya no son actividades separadas, son lo mismo. Me desplazo de un lugar a otro, de un set a otro, de una idea a la siguiente. Aun así, busco momentos para volver a lo esencial: montar a caballo, sentir el ritmo, bajar la velocidad. Hay algo en ese gesto que me regresa a mí misma.
La música siempre está cerca. En los sets, sobre todo, me acompaña el rock clásico. Tiene una energía que se filtra en el cuerpo, en la postura, en la mirada. Me gusta lo que provoca. Crecí admirando a figuras que no pedían permiso para ser quienes eran: mujeres con presencia, con historia, con una identidad imposible de replicar. Esa idea se quedó conmigo.

Mi gusto…
También me gusta lo simple. El chocolate, por ejemplo. Un pequeño ritual diario. Y la comida, en general, como una forma de entender los lugares. Viajar me enseñó a probar, a abrirme, a dejar que cada destino me atraviese también desde el gusto.
México ocupa un lugar especial en todo esto. He trabajado en distintos puntos del país, pero hay algo en su luz, en sus paisajes, en su energía, que siempre me empuja a crear. Recuerdo particularmente una villa en Tulum, donde produje uno de mis eventos de fotografía. Era un espacio casi suspendido, donde todo parecía alinearse: el entorno, el equipo, la intención.
El modelaje, para mí, no se trata de dificultad sino de adaptación. Cambian los climas, los horarios, las dinámicas. Cambian las personas. Cada sesión exige algo distinto. Y en ese cambio constante encuentro una especie de juego: probar, ajustar, reinventarme. Me gusta exigirme, ver hasta dónde puedo llevarme.
Con el tiempo entendí que quería construir algo más grande que mi propia carrera. Por eso empecé a organizar eventos de fotografía para modelos y creativos. Quería compartir lo que yo misma había encontrado: libertad, crecimiento, oportunidades reales. Crear espacios donde otros también puedan empujarse, descubrirse, avanzar.

Un mundo por descubrir
Todavía hay muchos lugares que quiero conocer. Nuevos paisajes, nuevas colaboraciones. Me interesa esa mezcla: el dónde y el con quién. Porque al final, lo que más me mueve es la conexión. Con la gente, con el entorno, con el momento exacto en que todo coincide.
Me veo como alguien expresiva, segura, atenta. Alguien que escucha. Mi mayor fortaleza ha sido siempre esa capacidad de conectar; mi mayor reto, aprender a poner límites sin perder esa apertura. A veces me pregunto qué viene después. No desde la ansiedad, sino desde la curiosidad. Hay algo emocionante en no saberlo del todo. En seguir avanzando con la intuición como guía, confiando en que el camino —como cuando era niña, corriendo entre la ciudad y la naturaleza— siempre termina por aparecer”.


