Y la dejé explorar…

No dejes de leer este relato que nos envió una lectora.

 

La primera vez que la vi

 

La conocí en una empresa en la cual ambas trabajábamos. Ella era jefa del departamento que se encargaba de la comunicación de la trasnacional y yo, una de las cinco personas bajo su cargo.

 

Recuerdo que cuando la conocí me pareció hermosa. Tenía el cabello negro, los ojos color miel y una piel blanca, muy blanca. Su sonrisa se retorcía en las comisuras y su voz, baja y melodiosa, cautivaba a todos los que la escuchábamos.

 

La favorita

 

Desde el primer día nos caímos bien. Su personalidad me atraía y creo que yo le parecía muy graciosa porque siempre estaba riendo a carcajadas cuando platicábamos sobre cualquier cosa. Los otros compañeros comentaban que yo era su favorita, pero yo solamente sentía que éramos afines a muchas cosas y de ahí la cercanía.

 

Yo la admiraba por sus logros profesionales. Tenía un currículum extenso y fascinante. Su mente era brillante y sus conversaciones atrapantes. Podíamos pasar horas platicando sobre diferentes temas, desde los más banales hasta los necesarios para que nuestro departamento sobresaliera. Realmente todos hacíamos un equipo perfecto, pero ella y yo, teníamos algo especial.

 

A distancia

 

El tiempo pasó y ella decidió tomar una oferta laboral que le ofrecían en el extranjero. Por supuesto que a todos nos tomó un poco por sorpresa, pero como todo en la vida, las cosas tienden a solucionarse de una forma u otra, así que la despedimos deseándole lo mejor. Al día siguiente de su partida, ya teníamos otro encargado de nuestro departamento.

 

Por supuesto, ella y yo nos mantuvimos en contacto. Más allá de nuestra relación laboral, habíamos forjado una buena amistad. Hablábamos una vez por semana y nos manteníamos al tanto de nuestras vidas por mensajes. Además, cada vez que regresaba al país, nos encontrábamos para mantener viva la relación.

 

El reencuentro

 

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, así que cuando me dijo que estaría en la ciudad, grité de emoción. Me dijo que tenía muchas ganas de verme y yo le dije que la extrañaba. Así que acordamos el lugar y la hora. Como siempre, me embargaba una alegría enorme de volver a verla y pasar la noche platicando. Nos encontramos en nuestro lugar preferido. Cuando nos vimos nos abrazamos y reímos.

 

Entramos y nos sentamos en la mesa de siempre y el vino de siempre. Platicamos sobre todo lo que había ocurrido en la ausencia de la otra, sobre nuestros trabajos y familias. Le pregunté cómo se sentía y ella a mí. La botella se fue vaciando y la noche se fue adentrando.

 

Más que amigas

 

De pronto, sin casi darnos cuenta, estábamos muy cerca la una de la otra, tomándonos de las manos. Mientras nos reíamos, ella se acercaba a mi oreja y me susurraba algún detalle que le daba más sabor a su relato y yo sentía su aliento tibio en el cuello. El aroma de su perfume junto con el vino me mareaba y de pronto sentí su mano entre las piernas, por debajo del vestido.

 

Mi corazón dio un salto y la miré fijamente a los ojos. Me sonrió y le sonreí de vuelta. Me acerqué discretamente a su cuello y lo besé. Me dijo que pidiéramos la cuenta. Lo hicimos y salimos tomadas de la mano, ella guiándome hasta la esquina para tomar el taxi que nos conduciría a mi departamento. El corazón me latía y sentía cómo con cada paso que dábamos mi deseo por ella aumentaba.

 

Pasión descontrolada

 

El camino fue eterno, sobre todo por las miradas que nos dirigíamos la una a la otra, y por la urgencia de llegar a donde pudiéramos finalmente hacer lo que tanto queríamos. Yo estaba más exaltada que ella, y me sorprendió por su manera de controlarse.

 

Al llegar, subimos por el elevador aún con las manos entrelazadas. Llegamos a mi departamento y apenas cerré la puerta, la tenía encima de mí, besándome. La dejé que metiera su cálida lengua en mi boca mientras le rodeaba el cuello con los brazos. Me tomó de la cintura mientras yo le descubría los hombros. Sus besos eran suaves y pausados, llenos de una pasión que nunca había experimentado. Se desabrochó la blusa y me permitió besarle los senos mientras ella me apretaba los pezones sobre la ropa.

 

 

Me soltó de la cintura y con esa mano bajó hasta mi entrepierna, frotándome de forma perfecta. Gemí un poco y la tomé de la mano. Caminamos hasta la habitación donde me recostó sobre la cama, me quitó la ropa interior y me abrió las piernas.

 

Cerré los ojos y la dejé explorar.

Escribo y lo que surja.

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