Hugo Blanquet para Penthouse Mexico

Con tacón del 10

Fue hace más de 20 años que me subí a las zapatillas y no me he podido bajar; han sido mis fieles compañeras de batallas. Las odio y las amo, y te cuento el porqué.

 

Texto por Hugo Blanquet *

 

En tiempos remotos las palabras “drag”, “imitadoras” o “la doble oficial de…”  no existían. Éramos ”vestidas” o “los jotillos”, y si se te ocurría ponerte algo en tu persona que rompiera con la estética común femenina, éramos unos payasos.

 

Así era como se le trataba a las drags. Sí, sé que son tiempos remotos, pero de esas lluvias vienen estos lodos.

 

Diamond para Penthouse México

 

Mi relación con las zapatillas siempre ha sido de amor y odio

 

Las amo, pero por Dios que hay días que quiero rendirme y salir a la calle con Crocs o mínimo en chancla con brillitos. Yo, perra empoderada, en el Hunan comiendo mucho pato y en chanclas, sería feliz.

 

Mis primeras  zapatillas eran una tortura

 

Tengo un bonito y respetable pie de cabrón del número 8, con su respectivo juanete, callo y espolón, y andaba enfundado en unas ligeras zapatillas negras del número 6 con tacón del 10 que le robaba a mi madre.

 

El dolor de esas  noches hacen que todavía quiera dedicarme a la taxidermia en lugar de a esta bonita profesión de ser arte en movimiento —a veces  con sangre y a punto del desmayo, pero arte al fin—.

 

También valió la pena la chinga que mi mamá me dio por destruirle sus zapatillas. Para muestra, mi maravillosa interpretación de Bette Midler en un bonito show.

 

Mi primera vez

 

La primera vez que compré unas zapatillas fue en la legendaria e icónica Lagunilla. Sabrás que no sería una compra que pasaría inadvertida, y más si son pederas y reaccionan como yo.

 

Recorrí esos pasillos preguntando: “¿Cuál es el número más grande, que tenga brillos y vengan muy anchas?”.

 

Me gané varias miradas, como la de una vendedora que después me dijo: “Uy, lo máximo en dama es 6 y ½ o 7 porque las damas no calzan más y aquí es de zapatos de dama”.

 

Yo con ganas de gritarle: “¡Sólo te pregunté si tenías, no tu target demográfico, estúpida!”.

 

Paty Shoes Fashion Store

 

Seguí caminando como peregrina, curiosamente en zapato cómodo, buscando unos que me maltrataran y me causaran daño, casi como salir a buscar novio, que entre más malos son los tacones para mí, ¡más me gustan!

 

El caso es que después de mucho andar y soportar la mirada estupefacta de harta vendedora, en un rincón estaba Paty Shoes Fashion Store.

 

Fue ahí donde escuché las palabras mágicas que necesitaba: “sí te manejo el bonito número grande y viene muy ancho”. Me dio gusto porque además me encontré ahí a tanta comadre en traje, en ombliguera, o a las machas tapadas comprando tacones para una “prima patona penosa”.

 

Con tacón del 10

 

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Por fin había encontrado mi lugar de fantasía.

 

Ha sido un bello romance con Paty Shoes Fashion Store y con sus productos. Me he probado de todos los tipos de zapatos: los altos, los más altos, los recontra altos, con plataforma, sin plataforma, con agujetas,  con cierre, bota alta, bota media, etc.

 

Después de años descubrí que mis favoritos son los botines con tacón del 10.

 

Las zapatillas han sido testigo partícipe de grandes noches de show, pero también han sido causa de algunos de mis mayores tropiezos (literales) en mi vida artística.

 

 

Ejemplos, hay muchos, pero por decir alguno, el más reciente —incluso escribo esto con vendas en mi cuerpo—: noche de cabaret, más de 200 personas esperando sorprenderse con nuestra agilidad para hacer reír y olvidar que hay una pandemia, yo embutida en un vestido corte sirena y una peluca con copete imposible.

 

Tercera llamada, se abre el telón, se encienden las luces y yo entro muy perra.

 

Aplausos generales y sonidos de asombro ante más de dos metros de homosexual con un look digno de alguna alfombra roja donde premien sexo y sus derivados.

 

Todo era magia, pero Dios da y Dios quita, y al dar el segundo paso mi zapatilla traidora decide atorarse en una diminuta separación entre la escalera y el escenario.

 

Para no hacerla cansada, y decirles que vi mi vida pasar ante mis ojos mientras me ponía sendo y bruto chingadazo, sólo diré que hasta las chiches se salieron de lugar y la peluca terminó en mi cara.

 

También hubo vestido roto, con codo y rodilla con sangre. Los clientes en silencio sepulcral… Lo único que pasó por mi mente fue: “Madre, ojalá no se haya roto el tacón”, porque ese es mi compromiso con esas pícaras infames.

 

Por fortuna no fue así y hasta ahí quedó la tragedia.

 

Historias en tacones

 

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Como esa, mil historias más me han sucedido, algunas inexplicables, como cuando estás sin moverte, paradita, como si no debiéramos la tanda, y de repente el tacón dice: “ay, andas muy quieta, me voy a trastabetear” y sin previo aviso, te desplomas como hija de Bambi sin poderlo evitar.

 

Muchos han sido los tropiezos, los madrazos, los esguinces, pero también muchas las veces en las que se logra el cometido y todo transcurre en una danza de punta-talón —y no es que basemos nuestra confianza femenina en un par de zapatillas, porque Dios sabe que una usa las zapatillas;,no las zapatillas a nosotras—.

 

Pero una cosa es segura, con esas sendas zapatillas, la pierna madreada se estiliza, esa pompa mallugada por la caída se ve más parada y tu figura de tanto apretar para no dar el primer paso, se ve larga y eterna.

 

Entonces, ¿qué importa un madrazote si te caes en comparación con la satisfacción de dejar a todos con la boca abierta? Y quien diga lo contrario, o no ha usado zapatillas o no sabe lo que dice.

 

La vida es una, y no se te olvide brindar con un buen vino, cenar algo delicioso y exponer tu vida en unas delicadas y hermosas zapatillas con tacón mínimo de 10.

 

*Célebre por ser comediante de stand up, drag y amante de los animales.

Escribo y lo que surja.